Me fui.
Mis besos eran el aceite que empapaba las bisagras de su boca. Pareciese como si cada vez que me atrevía a resbalar por ella dos verbos hacían las maletas para poner rumbo al silencio. -Un beso, dos verbos- y no recuerdo haber dejado de hacerlo desde que pusiste tu rumbo dirección Madrid. La noche después de la última vez, fue la noche en que entendí que para hablar no hacen falta palabras, y para ser contigo no es necesario que estés. Sólo que seas. Que llevamos siendo cada día desde el primer mes y eso es lo más real que se puede vivir al lado de un sueño. Esa noche nos sobró valor para tanta cama; nos faltó colchón para tantas ganas. Me invitabas a intuir mientras te mordías la vida en los intentos de no pronunciar los verbos que provocan las temibles huidas. Tienes pendiente un silencio que no hace más que gritarme versos con terminación valiente. Y es justo en ese momento cuando decido irme, dejando a mi lado cobarde salir corriendo antes de que sacie ...