EL TIEMPO YA NO PASA, ME ADELANTA.

El tiempo ya no pasa: me adelanta por la derecha. Sin intermitente. Sin mirarme. Como si yo fuera una farola más del paisaje. Antes el tiempo tenía otra educación: se sentaba, suspiraba, me dejaba acabar un pensamiento. Ahora va con prisa, con culpa y con un café en la mano. Y yo detrás, intentando no perder el hilo de lo que estaba pensando antes de que todo empezara a correr. No tengo tiempo. O eso digo. Que es una frase comodín, como “luego hablamos” o “todo bien”. No tengo tiempo porque el mundo va demasiado rápido y yo voy demasiado lleno. Lleno de cosas que quiero hacer, de cosas que debería hacer y de cosas que no sé muy bien por qué sigo haciendo. Y en medio de todo eso, yo. Antes escribía poesía. Textos tiernos. Muy tiernos. De esos que no tenían prisa ni destino, que no querían ser nada más que lo que eran. Escribía para entenderme, para tocarme un poco por dentro, para dejar constancia de que estaba aquí y sentía cosas. Ahora escribo canciones. Y no me malinterpretes, me gusta. Pero anda que no ha cambiao la cosa. Ahora las palabras tienen que entrar a tiempo, caer bien, rimar con algo, durar lo justo. Ahora las emociones tienen que ajustarse a un tempo. Y claro, así pasa lo que pasa. Que escribir deja de ser refugio y empieza a ser tarea. Que ya no escribo cuando lo necesito, sino cuando puedo. Que escribir para mí se queda siempre para luego. No tengo tiempo porque el mundo no espera y yo llevo demasiadas cosas en la cabeza. Ideas que chocan entre ellas, frases que llegan cuando no puedo apuntarlas, pensamientos que piden calma justo cuando hay ruido. Mi cabeza es un cajón mal cerrado: todo se amontona, nada se ordena y, aun así, sigo metiendo cosas. Y después me pregunto por qué estoy cansado. Llevaba tiempo sin escribir para mí. Para contar sin filtros. Para no buscar belleza ni sentido. Para no preguntarme si esto vale o si alguien lo leería. Escribir para mí era quedarme un rato conmigo. Y eso, hoy en día, es casi un lujo. O una rebeldía pequeña, pero necesaria. Porque el mundo te empuja a producir, a avanzar, a no parar. Y parar parece perder. Pero escribir para mí siempre fue parar sin perderme. Y hoy, después de tanto tiempo, lo he hecho. Lo he soltado. Sin expectativas. Sin estructura. Como quien habla solo en voz alta y se da cuenta de que le hacía falta escucharse. Y ahora llega la pregunta. La que se queda flotando. La que no se responde sola: ¿cuánto tardaré en volver a acordarme de escribir para mí? No cuándo tendré tiempo. No cuándo me organizaré mejor. Sino cuándo volveré a acordarme de que esto también soy yo. Porque sé que el tiempo seguirá corriendo, que el mundo no va a frenar por mí y que yo volveré a decir que no tengo tiempo. Pero también sé que, en algún momento, algo dentro hará ruido. Y cuando lo haga, ojalá me pille escribiendo. Aunque sea tarde. Aunque sea poco. Aunque sea solo para mí.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hay algo maravilloso en la mente humana.

Carta de un tipo de 45 años a su yo de 5