Carta de un tipo de 45 años a su yo de 5

Escucha, chaval. Ahora mismo estás sentado en el suelo, viendo dibujos animados con una camiseta que pica, pensando que la vida consiste básicamente en galletas, bicicletas y no morir de calor en el coche sin aire acondicionado. Y tengo noticias para ti. Primero: sobrevives. Segundo: inexplicablemente, alguien llegará a considerarte “adulto”. Sí, ya sé. A mí también me parece irresponsable. Te voy a contar lo que te espera. Prepárate. Vas a crecer en los 80. Eso significa que tus padres fumarán en todas partes. En casa. En el coche. En restaurantes. Probablemente dentro de un submarino si tienen ocasión. Respirarás más tabaco que oxígeno y aun así desarrollarás un sistema inmunológico capaz de aguantar festivales, bares de mala muerte y kebabs a las cuatro de la mañana. Los 80 son una época maravillosa. La ropa parecerá diseñada por alguien con una deuda emocional con el plástico. El pelo tendrá volumen ilegal. Y descubrirás algo increíble: antes, para llamar a alguien, había que tener valor. Nada de WhatsApp. Tú llamabas a casa de la chica que te gustaba… y contestaba su padre. Y ahí aprendías dos cosas: El miedo. La dicción. También vivirás la era en la que perder de vista a tus padres en un centro comercial significaba aceptar tu destino como nuevo ciudadano del hipermercado. Y luego llegarán los 90. Ah, los 90. La adolescencia. La década donde todos íbamos vestidos como si acabáramos de perder una apuesta. Vas a escuchar música grabada de la radio esperando que el locutor no hable encima del final de la canción. Spoiler: Hablará. Te enamorarás. Muchísimo. Y siempre de personas emocionalmente disponibles aproximadamente igual que una farola. Te romperán el corazón varias veces. Pero tranquilo: tú también romperás alguno sin darte cuenta, porque la madurez emocional de un chico de los 90 consistía básicamente en decir “no sé qué me pasa” mientras escuchaba música mirando por la ventana del autobús. Vas a escribir cartas. Cartas de verdad. Con bolígrafo. Como un preso del siglo XIX. Y cuando una chica te diga “tenemos que hablar”, descubrirás que esa frase jamás ha terminado bien en la historia de la humanidad. En los 90 aprenderás otra cosa importante: No eres tan feo como crees. Pero con barba mejora la cosa y así disimulas tu belleza distrída. También empezarás a hacer música. Porque claro. Un día tocarás un botón, escucharás un sonido mediocre y pensarás: “Sí. Esto claramente es mi destino.” Y ahí empieza todo. Horas infinitas frente a máquinas que parecen cabinas soviéticas. No dormir. No comer. Discutir sobre compresores como si fueras ingeniero de la NASA. Gastar dinero que no tienes en cables que supuestamente “dan más calidez”. Mentira. Pero qué bonito creerlo. Te convertirás en productor. Eso significa que pasarás media vida diciendo: “Dame otro tono.” Y la otra media intentando cobrar facturas. Vas a conocer músicos geniales. Y otros que tardarán 45 minutos en afinar una guitarra para tocar cuatro acordes sobre sus problemas con el universo. Aun así, los querrás. Porque la música será una de las pocas cosas capaces de salvarte cuando todo se vaya a la mierda. Y créeme. A veces se irá muchísimo a la mierda. Verás caer torres en directo por televisión. Verás guerras retransmitidas como si fueran temporadas de Netflix. Verás crisis económicas explicadas por tipos con corbata que claramente tampoco entendían nada. Trabajarás muchísimo. A veces ganarás dinero. A veces experiencia. Normalmente experiencia. Te prometerán estabilidad. Internet llegará diciendo: “Conectaremos el mundo.” Y acabaremos discutiendo con desconocidos sobre si una tortilla lleva cebolla. Magnífico trabajo, humanidad. También viajarás. Mucho. Dormirás en aeropuertos. Perderás trenes. Te enamorarás en ciudades donde no sabías ni pedir café. Harás amigos a las tres de la mañana que recordarás toda la vida… aunque jamás vuelvas a verlos. Descubrirás que algunas de las mejores historias empiezan siempre con: “Esto es mala idea.” Y efectivamente. Lo era. Pero qué buenas anécdotas dejó. Aprenderás que los adultos no tienen ni idea de lo que hacen. Ninguno. Solo disimulan mejor. A los 20 pensarás que a los 40 la gente tiene respuestas. A los 45 todavía buscas dónde coño dejaste las llaves. Tu cuerpo también cambiará. A los 18 podías cenar pizza, cerveza y arrepentimientos. A los 45 una mala postura durmiendo te deja lesionado tres días. Un día dirás frases como: “Necesito una buena almohada.” Y nadie te preparó para semejante humillación. También descubrirás algo terrible. La música de tu juventud empezará a sonar en supermercados. Un día estarás comprando detergente mientras suena el tema que escuchabas pensando que eras incomprendido. Y ahí entenderás que el tiempo no pasa. Te atropella. Pero escucha. No todo será nostalgia barata y crisis existenciales con ciática. Habrá momentos increíbles. Risas absurdas. Noches eternas. Canciones que todavía te ponen la piel de gallina. Personas que llegarán sin avisar y te salvarán años enteros. Harás cosas que de pequeño ni soñabas. Y aunque muchas veces sentirás que vas improvisando… en realidad estarás viviendo. Que ya es bastante. Ah, y una cosa importante. No tengas tanta prisa. Porque ahora, con 45, daría bastante por volver cinco minutos a aquella habitación. A los veranos infinitos. A la bicicleta. A creer que los héroes existían. Aunque te diré un secreto. Al final sí existían. Solo que eran nuestros padres intentando pagar facturas sin volverse locos. Y nosotros sobreviviendo a modas horribles, amores imposibles, crisis mundiales y contraseñas nuevas cada dos semanas. Así que tranquilo, chaval. Te van a romper el corazón. La cuenta bancaria. Y alguna vértebra. Pero también vas a vivir historias que contarás riéndote hasta quedarte sin aire. Y eso… eso merece muchísimo la pena. Ahora ve. Y aprovecha. Porque dentro de 40 años vas a emocionarte escuchando canciones en YouTube mientras buscas tutoriales para estirar la espalda. Y sinceramente. No está tan mal. Porque al final descubres algo maravilloso. La felicidad nunca aparece como imaginabas. No viene acompañada de fuegos artificiales ni música épica. Llega en cosas rarísimas. En cancelar planes. En encontrar aparcamiento a la primera. En un mensaje que dice: “¿Has llegado bien?” En dormir ocho horas seguidas como si fueras un aristócrata del Renacimiento. Y sobre todo… llega cuando entiendes que nadie tenía el control nunca. Ni tus padres. Ni tus profesores. Ni los políticos. Ni aquel gurú financiero de internet que parecía hablar desde un yate en Dubái. Nadie. Todos improvisando. Todos fingiendo que sabían montar el mueble de IKEA de la vida mientras sobraban tornillos emocionales. Y tú no serás diferente. Tendrás épocas de sentirte invencible. Y otras donde abrir el correo electrónico ya te parecerá un deporte extremo. Habrá trabajos que creerás definitivos. Y desaparecerán. Tecnologías que parecían eternas. Y acabarán en un cajón junto a cargadores de móviles imposibles. Vivirás el paso de: “Internet puede unir al mundo.” a: “Mi madre comparte fake news en Facebook.” Verás cómo la gente pasa de quedar para hablar… a mandarse audios de siete minutos explicando por qué no pueden hablar. La humanidad evoluciona raro. También descubrirás que la edad adulta consiste básicamente en repetir frases que odiabas cuando las decían tus padres. Como: “Apaga luces.” “Otra vez han subido la gasolina.” “Este chico no sabe aparcar.” Y la más peligrosa de todas: “Antes esto no pasaba.” Ese día sabrás que ya estás oficialmente dentro del sistema. Habrá reencuentros. Y serán impactantes. Porque todos envejecemos distinto. Algunos parecen hacer yoga con agua mineral del Himalaya. Y otros parecen haber combatido en tres guerras medievales. Pero cuando os sentéis juntos otra vez… volveréis a tener 17. Porque hay amistades que no envejecen. Solo cambian de horario. También perderás gente. Y eso nadie sabe enseñarlo. Descubrirás que algunas despedidas llegan sin música triste de fondo. Sin aviso. Sin cierre perfecto. Y entenderás que crecer también consiste en aprender a echar de menos. Pero incluso ahí aparecerá algo bonito. Porque habrá personas que seguirán viviendo dentro de canciones. De bares. De chistes. De olores. De veranos. Y un día sonreirás recordándolas sin romperte por dentro. Eso también es crecer. Y sí. Te equivocarás muchísimo. Elegirás mal. Confiarás en quien no debías. Mandarás mensajes que jamás debieron enviarse después de las dos de la mañana. Te pelearás por tonterías. Volverás con personas con las que claramente no había que volver. Y aun así… volverás. Porque el ser humano tropieza dos veces con la misma piedra. Y luego le manda un emoji. Pero incluso los errores servirán. Porque cada desastre irá dejando una historia. Y al final la vida acaba siendo eso. Una colección absurda de historias imposibles de explicar a alguien de 5 años. Como cuando expliques que antes había que rebobinar películas. O que sobrevivimos sin Google Maps. O que podías desaparecer todo el día y tu madre solo esperaba que regresaras vivo antes de cenar. Éramos prácticamente gatos callejeros con mochila. Y ahora míranos. Tomando vitaminas. Comparando seguros. Buscando hoteles con buen colchón. La rebeldía madura raro. Pero escucha bien esto. A pesar de todo. De las guerras. Las crisis. Los amores que no funcionaron. Los planes que salieron mal. Las veces que sentiste que llegabas tarde a todo. Habrá muchísimos momentos donde pensarás: “Joder… qué suerte haber vivido esto.” Y eso será verdad. Porque te tocará crecer en una época irrepetible. Verás desaparecer el mundo analógico y nacer el digital. Conocerás la última generación que quedó en plazas hablando hasta tarde… sin mirar una pantalla cada nueve segundos. Bailarás canciones horribles. Tendrás cortes de pelo criminales. Harás fotos desenfocadas que valdrán más que miles de imágenes perfectas. Y aprenderás que la vida buena casi nunca parece importante mientras ocurre. Eso se descubre después. Mucho después. Así que cuando estés ahí. Con cinco años. Jugando sin saber que algún día tendrás ansiedad por contraseñas, facturas y dolores lumbares… hazme un favor. Corre más. Ríete más fuerte. Abraza más. Quédate cinco minutos extra en los veranos. Porque un día tendrás 45. Y aunque seguirás sintiéndote un chaval por dentro… entenderás por fin que la vida nunca fue intentar tenerlo todo resuelto. La vida era simplemente esto. Vivirla.

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