Hoy me he encontrado con el Dolor por la calle y sinceramente,
tenía mejor aspecto cuando estaba conmigo.
No quiero que pienses que te he olvidado,
que aún recuerdo las noches a tu lado,
las largas madrugadas de insomnio y
la estrecha relación que me hiciste tener con la poesía.
Contigo todos los poemas tenían sentido,
las canciones tristes, los días grises,
las tardes de domingo a solas en mi habitación.
Recuerdo la primera vez que te miré a los ojos -porque fue la misma en que me dijiste que te quedarías en mi vida para siempre, porque por aquel entonces tenía en la cara la palabra cobarde y porque a ti siempre te han gustado los chicos tristes con miedo a seguir de frente-.
Recuerdo perfectamente cómo me engañabas para salir cada noche,
siempre vestido de lágrimas sin razones y nudos por corbata,
siempre dispuesto a acompañarme a cenar a ese restaurante
en donde la especialidad era ver pasar la vida
sin posibilidad de vivirla.
Cuando pienso en nuestra historia,
me atrevería a decir, que como suicidio,
fuiste el mejor amigo:
-yo inventaba nuevas formas de sufrir
y tú aplaudías cuando lo conseguía.
Lo dicho, el dúo perfecto.
Recuerdo tu cara aquel día de febrero,
tus ojos, tu olor, aquella nueva forma de mirarme.
Yo no lo sabía, claro, pero aquel día puse fin a nuestra amistad
y tú te diste cuenta a la primera sonrisa.
El día que te fuiste de mi casa
nunca sabré señalarlo en el calendario:
de repente, tus cosas ya no estaban,
faltaban dos maletas en el armario
y te habías llevado mi recopilatorio de penas y versos tristes.
Siempre supuse que para ti,
que te fue tan fácil colarte en mi vida,
te hubiese sido igual de sencillo irte sin hacer ruido,
y por eso mismo suponía
que si te volvía a ver,
sería como recién salido de la imprenta,
duchado y con las páginas perfectamente encuadradas,
y no hecho polvo, arrugado y sin carátula,
pidiendo en el metro para poder vivir un día más.
No me das pena, Dolor,
más pena (me) daba yo.
Por eso he seguido en mi asiento dirección Felicidad;
no es que te guarde rencor, es que aunque te cueste creerlo
aprendí la lección:
Caminar por la vida con miedo a sufrir
es la mejor manera de sufrir por el camino y olvidarnos de la vida.

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