Puedo decir Nunca.
Recuerdo la última vez que volví a mirar a la primera vez.
Vestía de negro y yo estaba enfundado en un pijama de invierno manta.
Era nuestra quinta despedida definitiva.
Yo no dejaba de contar los días que hacía que no la veía hasta que la volví a ver, entonces volvía a empezar.
Nunca me salían las cuentas, nunca salía de mi cabeza.
Fueron dos años y medio de destrucción masiva, ella era una mina antipersonas y yo vaciaba el plomo de mis pies en su cuerpo.
Nos queríamos a matar.
Quinientas sesenta y siete noches después me dejó entre dos paredes mentales. Una hacia el vacío y otra hacia la soledad de su pelo rizado.
Era capaz de perder la noción del tiempo en ese parque de atracciones, era viable la vida a su lado hasta que sacamos nuestras armas y enterró su hacha de guerra en mi espalda.
Me mató.
Ni siquiera sabía por qué, pero así lo hizo. Consiguió abrirme en canal, engancharme, logró mi dependencia emocional de sus muñecas, le denuncié por allanamiento hacia un enamorado, firmé la orden de alejamiento pero con una condición, que no se fuese nunca.
Y así fue.
Y así fue.
Así se fue.
Así me fuí.
Aún recuerdo el libro que quería escribir sobre ella en una playa, empecé por el final y nunca terminé de empezarlo.
Aún me acuerdo de ella, por supuesto, pero jamás volvería a su lado.
Jamás volvería a vivir su pérdida.

Comentarios
Publicar un comentario