Sin miedos.

He tardado treinta y tantos años en quererme
y aún me cuesta creerme.

Soy de los que se dedican a plantar
en vez de a deshojar tréboles.

Mi suerte no tiene nombre,
pero duerme en el lado que no se atreve a ocupar nadie.

Se toca el pelo como queriéndome
decir algo.
Y mis ojos se vuelven hierba seca de tanto esperar y no      
verse entre las ideas del mas valiente,
el miedo. 

Miedo a saber convivir con la vida,
a dejar de escribir por tenerte enfrente,
a saciarme contigo y que signifique libremente.

Miedo a leerte con la mente
a no querer salir de tu cama en
muchísimos daños.

A serte infiel con tu espalda,
a jurar amor eterno al olvido de olvidarte.

Me temo
por no saber ser triste
si no es en tu llanto.

Miedo, en definitiva
a dejar de temer el futuro
si viene de tu mano.

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