Esos mismos, nosotros.

Todo el mundo busca lo que quiere en el sitio de siempre. Y no, nunca está siempre.
Siempre vamos al mismo lugar, a la misma parada de cada mañana, la misma línea de metro, la misma calle, el mismo edificio, las mismas caras, pero un día, ya no está.
Un día te levantas y caminas hacia la misma dirección, en el mismo sinsentido de siempre.
Un día como hoy sabemos que mañana es lunes y pasado nostalgia.
Que el lunes vuelve como cada semana, después de una lluvia de recuerdos para cansarnos tan solo de pensar en todo lo que nos queda por delante.
Nos disfrazamos de optimistas, pero somos la peor especie del mundo.
Eso no está escrito en ningún libro y me parece mal la valentía del ser humano que dijo que somos egoístas por naturaleza y él no se definió como un cabrón.
Pero te das cuenta, enseguida, de la primera frase de este texto, cuando un día, por normal que parezca, por martes, miércoles, mayo, diciembre o agosto que fuera, despiertas en la cama de siempre, desayunas estrictamente tal y como viene en el papel que te recomienda no tomar dulces a pesar de que la vida te intente amargar, enganchas el disfraz sonriente que te va a ayudar a soportar las ocho horas -con suerte- laborales que te quedan por delante y sales.
Abrazas al cielo, ves al cartero, un escalón, dos... El autobús debe estar al llegar, pero te falta alguien. Estás en el lugar, en la parada, vas hacia la misma línea de metro, has bajado por tu calle y la oficina no se ha movido de donde estaba, pero te falta alguien.
Miras, disparas la mirada hacia el frente por si acaso una señal te da alguna pista, pero nada.
Miras, están los de siempre, los de cada mañana, pero algo falla.
Viene el autobús y te subes con la inseguridad de la mano porque sientes que algo ha cambiado.
Vas hacia el metro y te cruzas con ella. Te paras. Caminas dos pasos hacia atrás mientras el barullo de gente parece informatizada, y buscas el reflejo de lo que te faltaba. Te miras en el espejo, y eres tú.
Te faltas en cada día por culpa de la monotonía que ha hecho que te olvides de ti. Te faltas y ha llegado el momento, en que, por fin, has conseguido mirarte. Vives en una jaula que dices que es tu casa donde sabes que tu hogar es donde se encuentren los de siempre, porque ellos nunca cambian, aunque también están enfermos de rutina.
Y digo que somos la peor especie del mundo porque dejamos que nos convenzan de que la vida es estabilidad, de que lo mejor para mañana es tener un futuro hoy. Dejamos de creer por miedo a que sea verdad eso que dicen de la felicidad, como si mañana existiese.
Como si ser feliz no fuese una estupidez.
Como si tener algo que hacer fuese todo, cuando realmente lo importante lo hemos perdido hace tiempo.
A nosotros.
Nosotros, los mismos que caminamos cada mañana por el metro ignorando los reflejos.
Esos mismos, nosotros.

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