XXX
Conocí una vez a una mujer
que se hacía más grande cuantas más farolas la alumbraran.
Se sentía diminuta dentro de su silueta
pero nadie le veía final cuando le ponía las mayúsculas a las noches.
Una mujer que agachaba los labios y ponía mirada de media sonrisa
porque no quería hacer
nada
a derechas.
Como en todas las buenas historias: Ella
tenía miedo.
Tenía tanto miedo a estar sola
que sólo respiraba los suspiros que iba provocando.
Se sentía diminuta dentro de su silueta
pero nadie le veía final cuando le ponía las mayúsculas a las noches.
Una mujer que agachaba los labios y ponía mirada de media sonrisa
porque no quería hacer
nada
a derechas.
Como en todas las buenas historias: Ella
tenía miedo.
Tenía tanto miedo a estar sola
que sólo respiraba los suspiros que iba provocando.
Probé una vez a invitarla a una cerveza,
después a una copa,
y un par de horas más tarde, cada vez que abría la boca
tenía la estúpida certeza de que no tenía la lengua
en el lugar correcto.
Para entonces,
la lluvia
sólo nos servía para poder justificar el desliz.
después a una copa,
y un par de horas más tarde, cada vez que abría la boca
tenía la estúpida certeza de que no tenía la lengua
en el lugar correcto.
Para entonces,
la lluvia
sólo nos servía para poder justificar el desliz.
Contra la puerta de aquel baño,
en aquel bar de poesías,
empezamos a garabatear nuestra historia.
El primer labio mordido anunció
que sólo el vaho iba a poder hablar de nosotros.
Llevo tiempo siendo un mudo
que trata de explicar a un mundo ciego
por qué sus pasos
se miden en latitudes.
en aquel bar de poesías,
empezamos a garabatear nuestra historia.
El primer labio mordido anunció
que sólo el vaho iba a poder hablar de nosotros.
Llevo tiempo siendo un mudo
que trata de explicar a un mundo ciego
por qué sus pasos
se miden en latitudes.
Ella tenía miedo
y llevaba la desnudez por dentro,
usamos el sexo como un idioma con más de cien palabras sin traducción
donde ella era la inteligible, desnuda, y entera.
Las manos fueron bolígrafos, la piel folios
y el suelo papeles arrugados, y el techo
una cámara de fotos que congeló dos almas
en un solo momento.
y llevaba la desnudez por dentro,
usamos el sexo como un idioma con más de cien palabras sin traducción
donde ella era la inteligible, desnuda, y entera.
Las manos fueron bolígrafos, la piel folios
y el suelo papeles arrugados, y el techo
una cámara de fotos que congeló dos almas
en un solo momento.
Le dije que le iba a vendar los ojos
para que no recordara el camino de vuelta,
ella dejó un reguero de poemas
para poder volver a casa.
Desde entonces,
y desde mi pequeño homenaje,
marco los días que faltan para vernos
con tres equis
en lugar de una cruz.
para que no recordara el camino de vuelta,
ella dejó un reguero de poemas
para poder volver a casa.
Desde entonces,
y desde mi pequeño homenaje,
marco los días que faltan para vernos
con tres equis
en lugar de una cruz.
Y sonrío al hacerlo.
XXX

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