Me haces escribir

No me asustan las alturas,
el daño causado por caídas,
no me asusta echarla de menos
o que me haga daño, es más,
se lo imploro: Duéleme.

No se merece que la acabe olvidando, no quiero que sea una
más, se le quedan tan cortos los números
que preferiría no tener que darle ninguno.
No me asusta cambiarle el nombre a mis demonios,
o acabar haciéndole un trono en mi particular infierno personal.

Estoy seguro que hasta allí
acabaría causando una revolución.
No me cuesta nada imaginármela liderando, bandera en mano, a toda una multitud bolchevique.
A decir verdad
no me cuesta nada imaginármela.

Estas ganas de tocarte más que enfermizas, son reparadoras,
y puede que eso sí empiece a asustar un poco.
Me asusta esa afición suya a pasar por droga de diseño,
esa voz de polvo de estrellas hecho aire,
ese mapa del tesoro hecho a lunares por su cuerpo,
deberías haberle olido la piel el otro día, cuando sólo galáctica
se le antojaba como adjetivo.

Me asusta ese aura de destino alterado que la hace estar ahí a posta,
adrede, como si no pudiera ser de otra forma.
Como si todos debiéramos estar acostumbrados a este tipo de milagros,
a verla a ella, dándole un cambio de temperatura al invierno,
despilfarrando magia por todos los poros de su piel,
rompiendo cualquier herida impuesta, encerrando bajo llave a todos los demonios a los que ya
no les interesa torturarme.

Dándole vida a poemas póstumos,
a poetas acabados,
creando posteridades como quien no quiere la cosa.
Sabes a fecha señalada
y tengo que darte las gracias,
a pesar de todo lo que me haces escribir,
ni yo, que te andaba buscando,
habría podido escribirte así.

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