Poetas

No intentes arreglar a alguien que está roto.
No trates de reconstruir, ni de tapar
las fisuras con un cemento pretencioso
-que no es más que ego, bajo la mesa-.

No trates de buscar la cosquillas, los entresijos
de cada verso,
no intentes hallar las pelusas de la camiseta del año pasado
dentro de su ombligo,
no quieras ser la siguiente página de la historia,
no quieras hacer que cambie de página:
un poeta sufre igual que tú,
vive y muere igual que tú,
canta en la ducha igual que tú,
pero es capaz de vivir en varias
páginas y tiempos
a la vez.

No trates
de recomponer a alguien que vive por piezas.
Él fue quien eligió de qué pedazos
desprenderse,
qué pedazos dejar atrás,
sin qué pedazos podía
o quería
seguir viviendo.

Él necesita de esa disconformidad
con su mundo, ese rechazo
al ser humano, particular o general,
a la sociedad, a las redes sociales,
a los políticos, a si
mismo.

El poeta es un perro que se ha pasado toda la vida                           
persiguiendo coches:
no sabría qué hacer si algún día alcanza uno.*

El poeta podría curarse, como cualquiera.
Si no lo hace es porque
cada grieta,
cada roto, cada retal deshilachado,
forma parte de un mango
y en la sartén sólo cabe él,
y el fuego que la calienta no es otro
que la propia vida

que quiere darte.

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