Por fuego,humo.

En aquella calle, el humo
toma forma de interrogante al acercarse a las farolas.
Hace unas horas, todo eran copas de más,
sonrisas a quemarropa, esquemas de miradas opositando a sueños
aún por pedir.
Contacto.
Ahora, la única compañía parece casi inventada
la figura de vivo muriente que intenta dormir y no puede:
tiene muchas cosas en la cabeza, 
y ninguna en los bolsillos.               
Arropado con una fina sábana y una guitarra que no toca,
cansado de simular unos brazos que, se suponía,
repartían pases a una vida mejor,
me pide fuego, y me quedo con ella.
"¿Qué harías si la mujer de tus sueños
se cruza con la de tu vida?"
Supongo que correr, le digo.
Pero no sabría con quién.
Su amago de sonrisa hace castillos de aire 
con el humo.
El móvil no tiene batería,
pero el silencio roto de un camión de la basura,
como un reloj suizo, te anuncia que es justo
la hora en la que no deberías estar por la calle.
Ya en el portal, me río
me ha picado el mechero.
Supongo que a eso se refería:
uno nunca elije cuándo quemarse
o cuándo dejar de hacerlo, 
pero salir corriendo no va a encenderte los cigarros.

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